Memorias del ángel caído


En una parroquia céntrica, durante la celebración de una misa, un grupo de fieles mueren envenenados tras comulgar. Mientras la policía se encarga de la investigación, los sacerdotes comienzan a sufrir extrañas visiones. La situación da un giro inesperado cuando los cadáveres de los comulgantes vuelven a la vida durante las autopsias. Todo parece relacionado con los vaticinios de un misterioso libro.

Memorias del Ángel Caído fue mi primera película. Y la última de un particular estilo de terror, anclado en los setenta. Un híbrido entre ese cine de ayer y el inminente renacimiento del género al borde del 2000. Fue una de las últimas películas montadas en moviola y, a la vez, una de las primeras en incorporar efectos digitales. Una de las últimas en vender nuestra identidad, a pesar del tema, y una de las primeras en buscar una particular renovación, a pesar de sus añejos referentes. Un cúmulo de contrastes propios de un moderno fabulador con viejos intereses.

A veces me preguntan cómo se consigue hacer una película de verdad, de esas que proyectan en los cines. Y yo siempre respondo que hay que mostrar absoluta confianza Jedi: «Hola, traigo este guión que quiero hacer». Y luego dar la brasa con inteligencia. Y no decaer si finalmente no sale adelante, porque el verdadero éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder la ilusión. O eso dijo alguien cuyo mayor triunfo fue enunciar esta simpática frase.


Otra frase, ahora de John Lennon: «La vida es aquello que te va ocurriendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes». Y la cito porque, que yo recuerde, lo que realmente me interesaba por entonces era la ilustración, diseñar afiches, soñar carteles de películas. Y así fue como conocí a David Alonso, que entró en escena y confundió mi destino. Y lo ensanchó. Gracias, tío.

En Lotus Films, productores de Memorias, se funcionaba al estilo clásico: interesaba un guión y se buscaba la financiación para producirlo. Parece lo lógico, pero con los años ha ido creciendo una etapa intermedia llamada desarrollo -development hell, que dicen los Hollywoods-, como si los guionistas no hubieran hecho los deberes al presentar sus guiones (aunque en muchos casos, ciertamente, no). En realidad este desarrollo supone versionar el guión hasta la nausea para contentar a decenas de implicados que saben de puntos de giro, de empatías, de lo que sí funciona y lo que no... sin darse cuenta de que están replicando modelos y fórmulas superadas en muchos casos por los espectadores, que son bastante más hábiles y exigentes con las tramas. El caso es que después de meses de enloquecidos brochazos, ese guión termina por no gustar a nadie y se diluye aquella emoción inicial ya olvidada.

Se me van notando las heridas, ¿eh? En fin… que añoro a los productores capaces de transmitir su entusiasmo ¡a largo plazo!

El 16 de octubre del 97. Memorias se presentó oficialmente en la Gran Vía, en mi adorado Palacio de la Música, donde se estrenaban las películas de toda la vida, como Taxi Driver, que vivió allí más de un año.


Y previamente, Sitges, el mítico Festival. Tantos años leyendo crónicas de aquel paraíso de la fantasía y el terror, y de pronto, vernos ahí dentro, ¡charlando con Paul Schrader...!

Y además tuvimos una nominación al Goya a mejor dirección novel, cuando el cine de género, y más concretamente el de terror, nunca era tenido en cuenta. Quizá los académicos apreciaron ese aroma veraz que destila la película, gracias en parte a los escenarios reales donde se jugaba la historia.

A pesar de todo, durante un tiempo fui crítico con ella, contagiado quizá por sus resultados económicos poco favorables, gracias entre otras cosas a un silencioso lanzamiento de tan solo 19 copias. Sin darte ni cuenta, acabas valorando exclusivamente la taquilla, sin recordar que las películas que más te gustan fueron ignoradas en su momento.


Y fue el bendito vídeo (porque nació en VHS, ojo, cuna de toda una generación cinéfila), el posterior DVD, y los sucietes downloads que magnifican su feo etalonaje, los que consiguieron que la voz del espectador, Internet, la saludara desde hace años como a un pequeño clásico que entretiene y deja cierto poso.

Una primera película siempre va contigo. Es tu emblema, tu experiencia más notable, porque en cierta medida eres tú. Tu obra más genuina, hecha con la adorable inconsciencia del novel. Memorias nos permitió vivir todo el circuito propio del cine de verdad: la moviola, los festivales, la Gran Vía, la nominación al Goya, el VHS… y, sobre todo, López-Vázquez. Todo un ayer que se me hace más grande cada día.


Siempre decimos que hacemos las películas que nos gustaría ver, y en este caso es cierto, aunque llevo más de diez años sin verla. Y es que el proceso nos intoxica hasta que ya no contemplamos lo que realmente hay, sino un cúmulo de trucos, sorpresas, dolor, disparates, cansancio, sonrisas y renuncias, que terminan por diluir la historia.

Pero ahora creo que ha llegado el momento de disfrutarla de verdad, por primera vez, alejado del estruendoso proceso, y con la mayoría de los recuerdos difuminándose. Hoy, puede que sea simplemente aquella película que me apetecía ver. Y si es así, me sabrá a gloria.



PD. Memorias también fue una de las últimas películas que se lanzó con fotocromos (las láminas publicitarias que acompañan esta entrada), a pesar de que nunca fueron expuestos en ninguna sala de cine. Pero no sabéis la ilusión que me causó que se hicieran.